Antorcha Nueva - Neue Fackel

Maximiliano Kolbe: un amor que reescribió las reglas

P. Maximiliano Cappabianca OP

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¿Qué pasa cuando un acto de amor no encaja en las categorías que ya existen? Maximiliano Kolbe murió en Auschwitz por un desconocido, sin que nadie le pidiera renunciar a su fe — y esa muerte obligó a la Iglesia a inventar una nueva forma de entender el martirio. Una reflexión, a 85 años de distancia, sobre lo que significa amar hasta el final incluso a quien apenas conocemos.

Reflexión del Padre Max Cappabianca OP el 14 de Agosto 2026 en el Templo Parroquial de Quillabamba 

Instagram / Youtube: @patermaxop

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Hoy recordamos a un hombre que murió por otro. Extraordinario dicho así. Pero hoy hay algo más en esta historia. Cuando la Iglesia quiso declarar santo a Maximiliano Gómez, se topó con un problema serio. Según las reglas tradicionales, un mártir muere porque se niega a renunciar a su fe. Y a golpe nadie le preguntó por su fe aquel día en el bloque de castigo de Auschwitz. Los nazis no buscaban apóstatas, buscaban diez hombres para morir de hambre, como escarmiento por la fuga de un preso. Kolbe dio un paso al frente. Pidió ocupar el lugar de Franciszek Gajownicz, un hombre con esposa y hijos. Yo soy sacerdote católico, soy viejo, quiero ir en su lugar. Así ha dicho en este momento. Los oficiales, sorprendidos, ¿quién pide morir voluntariamente? Y ellos aceptaron. Esa muerte no encajaba en el molde clásico. Kolbe no murió defendiendo una doctrina, murió por un acto puro de entrega. Y Juan Pablo II en 1982 tuvo que hacer algo audaz, inventar una categoría nueva, ya no sólo mártir de la fe, sino mártir de la caridad. Decisión valiente ensanchó una definición que llevaba siglos fija. Algunos teólogos la vieron como ampliación legítima, otros como novedad arriesgada. El Evangelio de hoy nos da, sin buscarlo, la clave. Jesús dice, permanezcan en mi amor. Este es mi mandamiento, que se amen unos a otros como yo los he amado. Nadie tiene más amor más grande que él que da la vida por sus amigos. Y algo que a veces se nos pasa, ya no los llamo siervos, sino amigos, porque les he dado a conocer todo lo que aprendí de mi padre. Gallo Mietzek no era amigo íntimo de Colbert, apenas un compañero de cautiverio, uno entre tantos. Y aún así, esa frase de Jesús se volvió literal, no metáfora. Trató a un desconocido como se trata a un amigo por quien se da la vida. Un apunto personal. Vengo de Alemania, así que Auschwitz no es para mí solo un nombre en el calendario litúrgico. Y comporto también el nombre de este santo, Maximiliano. Él no es mi patrono, pero es pura coincidencia. Pero el Evangelio de hoy dice algo que me interpela. No me eligieron ustedes a mí. Yo los elegí a ustedes para que vayan y den fruto. Colbert no decidió de ser santo, por supuesto, sin buscarlo ante una lección concreta, y respondió. Yo tampoco elegí este nombre, pero cada 14 de agosto me recuerda algo simple. A nadie se le pregunta si quiere estar disponible para el amor. Uno lo está cuando llega el momento. El Evangelio hoy nos pide algo, dar fruto, amarnos como Él nos amó, sin condiciones previas ni ocasión extraordinaria. La mayoría de nosotros jamás enfrentará una decisión tan radical. Pero esta semana se nos ofrece la versión pequeña, permanecer en ese amor con alguien concreto, no en abstracto. Esa es la fruta de la que habla Jesús. Y esa también, la herencia de Colbert, no una estatua, una tarea todavía abierta. Amén.